257. Sentimental Value (2025)
Dir. Joachim Trier
Pluma residente: Mateo Andrés
Hay una potencia visual, un impacto indescriptible en la imagen de una casa vacía. Estructuras relacionadas con la existencia de un hogar, de familias y personas que comparten sus costumbres, sus rituales, son la caldera de la creación de una tribu con sus signos y sus dinámicas propias; ver una casa vacía se siente disruptivo, atropella lo común, te incomoda de primeras. ¿Será acaso la ausencia más impactante que la presencia? Sentimental Value es mi película favorita del 2025, la película perfecta para cerrar este año en el cine, pero también la idónea para empezar el siguiente desde la introspección y el autoconocimiento de los traumas generacionales.
Joachim Trier en 2021 estrenó The Worst Person in the World una asombrosa película que albergaba una loable trama acerca de la experiencia de ser adulto y no sentirte preparado para ello. De aquél cast, nos rescata a la fantástica Renate Reinsve y a la ya acostumbrada presencia de Anders Danielsen Lie, aunado al gran Stellan Skarsgård, Elle Fanning y a una muy grata sorpresa como la de Inga Ibsdotter Lilleaas. Este remanente de actores encarnan la conflictividad ineludible de una familia disfuncional, con sus inseguridades y heridas, cada personaje es el reflejo vivo de estos irrompibles lazos del dolor generacional, rindiéndose cada uno a su manera al reconocimiento del desespero interno.
La película inicia con una voz en off de Nora (Reinsve) leyendo una de sus tareas del colegio acerca de su propia casa. El relato se limita a la inocencia infantil, a la misticidad y sensibilidad por lo inanimado tan característico de la niñez, preguntándose por los sentimientos de aquella casa que la niña habitó, cuestionándose si extrañaba a la gente que una vez la habitó, o si sentía dolor, o si se sentía mejor vacía o llena. Una introducción hermosa que nos transporta a un estado emocional de ternura, que nos hace reflexionar acerca de la importancia de aquellos lugares que frecuentamos, de cómo nos forman, nos cuida y nos desarrollamos en ellos. El hecho de poder hacer del hogar un personaje nos da pie a un testigo mudo, pero que a través de la cámara nos cuenta todo lo que presenció: generaciones pasadas, suicidios, abusos, alegrías, tristezas. Cada familia que habitó la casa fue alcanzada por las grietas en las paredes que delatan la falla estructural, falla que los hundía poco a poco.
En Sentimental Value te puedes encontrar de cara a Ingmar Bergman. Así como sucedió en Skammen con la casa prendida en fuego delatando un matrimonio conflictivo y destinado a la tragedia, Sentimental Value consigue estas representaciones fabulosas en los integrantes de la familia por medio de las imágenes de la casa y de la cotidianidad de los que alguna vez fueron sus integrantes: Gustav, el padre (Skarsgård) no quiere hacer más películas sino solamente una: aquella dedicada a Nora; Nora que en su día a día como actriz de teatro, sufre de melancolía y de ataques de pánico; Agnés (Ibsdotter Lilleaas) que la conformación de su familia es el sencillo acto de una niña que intenta demostrarse que puede hacer las cosas mejor que sus parientes.
Reiterando lo de Bergman, me es imposible no mencionar lo mucho que me recuerda a Höstsonaten, esta suerte de hijas y madres quebradas donde el aliciente del dolor es el mismo señalado en la pregunta del inicio de esta reseña: la ausencia. El abandono aquí es la rueda que hace girar este trauma, el arrebatamiento de un pedazo de nuestra vida construye esta especie de vicio que degrada y agrieta las paredes. En esa misma idea, el artista y su arte, su relación con su mundo y su incipiente excusa de sacrificar todo por amor al arte, son conceptos tocados en ambas películas que conforman el grosso de cada guion. En ambas películas hay también una desesperanza abrumadora (aunque de una manera más asfixiante en la obra maestra de Bergman), la ausencia se repite y muta y abarca todo en Sentimental Value así como se expresa en el siguiente diálogo:
You know, I don’t believe in God at all. We came from a home where all that was irrelevant. (...) Someone said praying isn’t really talking to God. It’s acknowledging despair. (...) I was alone, lying there, crying. And then, for the first time,I sat down and prayed. It’s hard to explain. I don’t know who I prayed to, but I said it out loud ‘Help me. I can’t do this. I can’t do it alone. I want a home’.
Las anteriores palabras se dan en el contexto de una de las escenas más bellas de la película cuando Agnes lleva a la casa de Nora, el guion de la nueva película de Gustav. La intimidad que se lee en aquellas paredes es hasta incomoda, el estar viendo a Renate llorando mientras lee lo anterior –¡que para efectos de no arruinar en demasía la escena y la dicción de Renate, no quise pegar enteramente las palabras!–, ver cómo las lágrimas soban sus mejillas como si de repente un lagrimal se le hubiera roto de la nada y después un contraplano de la cabeza de ambas en el que la cámara las mira desde la cama, dejando ver sus cabezas como símbolo de lo realmente pequeñas que son es quebrantador, y donde, finalmente, quebramos en llanto con el abrazo de las dos hermanas, unidas por el dolor.
La ausencia ha quemado todo, el humo ha asfixiado a todos. Lo fascinante de este punto tan sensible de la película es que deja en claro esta especie de repetición generacional, haciendo un paralelo gráfico, de cómo este fallo estructural de la casa mostrado en grietas siempre estuvo presente, solo que nunca pudo ser visible hasta Nora, Agnes y Gustav. Sin embargo, relaciona el dolor con el arte y el artista, de cómo el arte no exorciza los demonios y errores de cada uno, que el arte no tiene esta modalidad de purgatorio, pero sí de catalizador del dolor, sí de catarsis expresiva de aquellas formas y conceptos albergados en el alma. Es por ello que su escena final es tan potente, tan ambigua y tan preciosa, porque es en el escenario donde Nora y Gustav finalmente te da la sensación que están comunicándose en sus gestos, pero el contexto en el que lo hacen, ¡sigue siendo en el montado de un escenario!
Para finalizar, creo que la interpretación de Skarsgård como Gustav Borg es directamente de lo mejor del año, para mí, se roba absolutamente todas las miradas en su interpretación tan soberbia e intensa de un personaje tan resquebrajado por su pasado y todas sus acciones, con la torpeza típica de un hombre maduro que el tiempo ha ido golpeando, Stellan aparece en medio de una neblina espesa por las olas de la playa.









Gracias ! Amé la película y tu profundización … dejaré que se asiente en mí un rato más … 🌟🙏🏼💜