356. Amores Perros (2000)
Dir. Alejandro González Iñárritu
Escribe: Luis F. Sotres
El año pasado Amores Perros tuvo su 25° aniversario, lo que reavivó su interés perenne en la comunidad cinéfila chilanga. Estar lejos del festejo de una de mis películas favoritas me lastimó, pero afortunadamente encontré otras formas de participar. Descubrí una sala de cine que pasaba “Amours chiennes” a las 21:30 horas, dónde había unas seis personas en la sala. Invité a una amiga extranjera, quien todavía no ha tenido el placer de visitar la Ciudad de México (shoutout Tina!), pero que le interesa América Latina. Al verla se activó mi personalidad de guía turístico como si fuese un espía soviético. Después de la película platicamos sobre la historia y la ciudad, mientras le explicaba ciertos modismos del español chilango, detalles de la cultura local y le enseñaba en el mapa las intersecciones de la película con mi vida. Qué mexicano sentí el contraste de mi entusiasmo con las tres tragedias de Amores Perros.
Para quiénes aún no han visto la película intentaré antojarles un poquito con la premisa. Las vidas de tres personas en la Ciudad de México se intersectan en un destino fatal, a causa de un accidente vehícular en el cruce de Atlixco y Juan Escutia, allá por la Condesa. Valeria, El Chivo y Octavio no tienen nada en común, ningún lazo más que el cariño que le tienen a sus perros. Sus historias les pertenecen tanto a ellxs como a Richie, el Cofi y la jauría del Chivo. El metraje no sigue una temporalidad clara, sino que usa el choque como punto de partida para desarrollar a cada uno de los personajes. Octavio está enamorado de su cuñada y quiere ganar dinero en peleas de perros para llevársela a Ciudad Juárez. Valeria es una modelo española con mucho futuro que acaba de mudarse con su novio Daniel, un señor que abandonó a su familia de Santa Fe por ella. El Chivo es un exguerrillero transformado en vagabundo, que ahora vive de trabajo mercenario para quien pueda pagarlo. Ninguna historia termina particularmente bien.
¡Qué pinche cruda es esta película, güey! Todas las historias son violentas y a menudo difíciles de ver, siempre hay una amenaza constante al público de que, en cualquier momento, todo se va a ir a la chingada. Es más, ni siquiera es un hipotético, sabes que se irá a la chingada y sólo esperas estar preparado para cuando caiga el chahuistle. Para mucha gente, lo que más recuerdan son las peleas de perros porque, pues, están cabronas, hasta yo dudo si los perros muertos son utilería o no. El impacto de las luchas no sólo es visual, sino simbólico, ya que para Alejandro Iñárritu y Guillermo Arriaga, todos somos perros de pelea. A pesar de nuestra domesticidad, el ambiente opresor y desesperanzador del DF nos lleva a morder, a desgarrarnos los unos contra los otros para sentir aunque sea un poco de amor, para cenar unas croquetas y dormir sin miedo. Tampoco es coincidencia que todxs lxs protagonistas cargan con rupturas familiares, a menudo consecuencia de seguir sus instintos sin reflexión previa. De esta forma, Amores Perros se inserta en el canon contracultural de Los Olvidados (1950) de Luis Buñuel, que desmienten el concepto de “la Gran Familia Mexicana”.
Además de la disección de la violencia, Amores Perros también se centra en el drama de las clases sociales y las enormes diferencias entre éstas, un tema que ha sido la obsesión del cine mexicano desde siempre. A pesar de lo trillado del tema, me gusta cómo lo lleva Iñárritu dado que la conclusión es que a todxs nos va de la verga, si bien a unxs más que otrxs. Los abismos que hay entre la clase baja y la alta, así como la frágil pseudo existencia de la clase media, nos mete a todxs en el mismo saco de ansiedad y locura colectiva. En un abrir y cerrar de ojos, cualquier cosa nos puede descolocar de la tranquilidad por la que tanto trabajamos. Amores Perros es ese adolescente vestido de negro en la comida dominical, que recuerda a la familia que lo oscuro y lo macabro está siempre más cerca de lo que crees.
Hay muchas razones por las que me encanta esta película, pero quisiera comenzar con lo buena que es su dirección. A mí me cae muy bien Iñárritu y su filmografía, a pesar de que si buscas “mamón pedante” en el diccionario de español mexicano te aparece su fotografía. Siento que, si fuéramos amigos, sería el cuate que yo invito a las pedas y que el resto de mi círculo social lo desprecia por ponerse pesado a la media chela que se toma. Sin embargo, es un excelentísimo director, tanto en cómo hila historias complejas como en su uso de la cámara para contarlas. Este primer largometraje se nota juvenil, no cuenta con la experiencia y maestría de sus películas posteriores, pero lo compensa con una pasión idéntica a sus protagonistas. Esta última vez que la vi, sentí errores en el ritmo de la película, sobre todo en el peso que le da a sus tres historias. (El señor pone dos números musicales en la historia de Octavio casi seguidos, no mames). La otra mitad de esta obra es el guión de Guillermo Arriaga, hila todos los temas que he mencionado y los que se escapan del escrito. Cabe destacar que esta colaboración continuó en las siguientes dos entregas trágicas de la “trilogía de la muerte”, 21 Gramos (2004) y Babel (2006), las cuales ya se realizan bajo el abrazo financiero y cultural de Hollywood.
Por otra parte, es la película que más evoca a la Ciudad de México, mi Ciudad de México. El pueblo chilango tiene la suerte de tener un enorme repertorio de películas que retratan nuestra ciudad por más de medio siglo. De esas muchas me enseñan Méxicos muy lejanos para mí, por más que quiera mi CDMX no es la de Los Caifanes (1967) ni la de las Víctimas del Pecado (1951). Otras son más cercanas a mis tiempos, pero por una u otra razón no siento ese nivel de cercanía. Ciertamente Temporada de patos (2004), Güeros (2014) o incluso Amar te duele (2002) se acercan mucho más a mi cotidianeidad. Nunca he experimentado la vida callejera, visto una pelea de perros o siquiera trabajado como modelo de perfumes. Para acabar de amolarla, yo tenía dos años cuando se estrenó Amores Perros, ni siquiera tengo una memoria consciente del momento histórico. A pesar de todo eso, a pesar de la lejanía y de esos cuentos tristes, veo en Amores Perros la misma pasión que siento yo por mi ciudad.
El cuarto de Octavio es idéntico al de los hermanos mayores de mis amigos de la cuadra. Yo trabajé a dos cuadras de uno de los objetivos del Chivo. Cada escena es para mí un safari dónde ver y comparar mi vida con la de los demás. Ese es uno de los atractivos de las grandes urbes, la posibilidad de ver una infinidad de vidas y saberse como una dentro de millones. En la vorágine de dramas, romances y amarguras, en ciudades impasibles al sufrimiento y gobiernos jodidos, siempre encontramos remansos de paz, de amor y esperanza. Qué más puedo decir, qué pedo con el perro amor que siento por Amores Perros y Neo-Tenochtitlan, la ciudad de los mil palacios.







