166. Magnolia (1999)
Dir. Paul Thomas Anderson
Escribe: Luis F. Sotres
En el arte, así como en muchos espacios de la vida, creo que la emoción es el efecto deseado, tanto por el artista como por su público. A veces ni siquiera importa qué tipo de emoción, con tal de que algo nazca del corazón, sea placentero o desagradable. Es por esto que Magnolia ocupa un lugar muy especial para mí ya que ésta es una explosión de sentimientos. En tres rápidas horas, Paul Thomas Anderson (PTA pa’ los cuates) te muestra un melodrama épico sobre la mundanidad, el destino y la persistente necesidad humana de conectar con los demás.
Narrar la síntesis de la trama sería demasiado complicado en este caso particular. Basta decir que la película relata un día en las vidas de casi una decena de personajes del elenco en el Valle de San Fernando, una ciudad satélite al norte de Los Ángeles. Los vínculos entre ellos van de lo circunstancial a lo sanguíneo, con historias que frecuentemente reflejan otras familias. El ritmo de la película crece lentamente hasta terminar en un final nocturno inolvidable. Se debe destacar que la película tiene algo de Rock Opera en su guión, con los mejores usos de Supertramp que he visto en el cine, así como una banda sonora a cargo de Aimée Mann, cantautora y amiga personal de PTA.
En cada hilo narrativo se resaltan los temas de la soledad, la redención, la imperfección de la naturaleza humana y la paternidad. Cada sección termina tejiendo un tapiz sobre el amor que tenemos cada persona y el deseo de cada uno de expresarlo y compartirlo. Desenredar cada hilo me tomaría demasiado por lo que me detendré únicamente en el que me parece más interesante. Como mencioné en mi reseña anterior de One Battle After Another (2025) el tema principal de la filmografía de PTA es la masculinidad, y Magnolia no es la excepción. Sus personajes masculinos tienen un millar de defectos, constantemente cometen errores e intentan esconderlo tras la máscara del hombre perfecto. En el fatídico día que vemos de sus vidas, les toca enfrentar sus sentimientos y dejar de ocultarse. Las dos excepciones a estos arcos narrativos son Phil Parma, el enfermero de un viejo moribundo, y Stanley, un niño estrella de un programa de trivias; estos dos personajes sirven de ideal en la importancia de ser empático y estar en contacto con tus sentimientos.
PTA, además de tener un buen ritmo en sus guiones, es también experto en colaborar con grandes actores y actrices y realmente sacar interpretaciones magníficas. Me cuesta destacar a alguno por la maestría que cada uno saca de su profesión. Recomendaría al lector prestar atención especial a la historia de la familia Partridge, que sigue las actuaciones de Tom Cruise, Julianne Moore y Phillip Seymour Hoffman. Ésta, además de ser mi favorita, creo que es la más relevante para la sociedad actual y sus ideas sobre “los machos alfa”. Sin más que decir, les recomiendo que vean la película en una tarde lluviosa, preferiblemente con alguien que quieran mucho, y nunca tengan miedo de dar y recibir amor.





